Hay que ver cómo es eso de Ryanair… ¿Que el diseño de su web es denunciable? Absolutamente. ¿Que algún que otro aeropuerto está en pueblos que no aparecen ni en las guías campsa locales? Sin duda. ¿que lo de no reservar asientos concretos (“sitting” creo que lo llaman) saca lo peor de las masas? Pues sí. Pero ay los precios… En eso son imbatibles los puñeteros. De esta forma, uno puede volar a París para un finde romanticón al módico precio de 39€ I/V.
En fin, que una vez completado en 1 h 15 min el largo trayecto (“The long and winding road”, que dirían los Beatles) entre esa nave de chapa en medio de la nada que a la que llaman Aeropuerto de Beauvais y lo que es propiamente París, llegamos Noe y yo a la auténtica Ciudad de la Luz.
París es una de esas ciudades en las que te sientes un poco provinciano nada más llegar. Por muy curtido que estés en ciudades del mundo y destinos más o menos exóticos, ahí estábamos todos estirando el pescuezo al acercarnos a la ciudad intentando divisar la Torre Eiffel. Y cuando por fin asoma, se produce una pequeña exclamación colectiva de asombro. Sin ningún complejo. Como el señor de Murcia de Ninette.
¿La ciudad más bonita del mundo? No tiene el movimiento de Berlín, la historia de Roma ni es tan cinematográfica como Nueva York. Ni falta que le hace, porque sin duda sí puede ser la más bonita.
Sin discusión, lo que peor fama tiene de París son los propios parisinos. Y yo la verdad es que tampoco lo vi para tanto. No es que entablara ninguna relación inolvidable con ninguno de ellos, pero me parecieron normales tirando incluso a agradables. Y además mestizos, lo cual me encantó. Si en algún sitio he podido sentir eso de la “aldea global” ha sido en París. Algún aspecto positivo tenían que tener los años de colonialismo francés en África. Rasgos europeos y magrebíes mezclados con los del África subsahariana daban en algunos casos mezclas explosivas que harían babear a más de un descerebrado supremacista ario.
Hablando de parisinos: Tuvimos la suerte (o algo así) de encontrarnos en una céntrica plaza junto al Forum des Halles con una pareja que se autocalificó de “salvajes parisinos”. Su misión esa mañana era la de tratar de aparecer en todas las fotos realizadas por turistas en esa plaza. Era su propuesta, que diría mi amigo Julito.
En cuanto al resto, es como pasear por una postal: La cantidad y grandiosidad de monumentos abruma. Y que nadie se crea aquello de que es como el barrio de Salamanca pero en grande. Nada que ver. Y además (vuelvo aquí al provincianismo), está la Torre Eiffel. Sorprende que una estructura tan inútil provoque esa sensación de admiración, encanto y magnetismo. Pero de verdad que lo hace.
Tras el fin de semana, que incluyó visita al imprescindible museo de Orsay y cenita en el muy recomendable Le Coupe-Chou, vuelta al bus, vuelta a la nave de chapa en medio de la nada y vuelta a nuestro querido Lavapiés, que también anda sobrado de multiculturalidad aunque no tanto de mestizaje.

Escrito por laenredadera 

