Siempre hay alguien que lo cuenta mejor…

Escribía yo el otro día sobre cine español y subvenciones. Pues bien, leo hoy en El País un artículo de Icíar Bollaín sobre este mismo tema, solo que mucho mejor contado. Supongo que por eso ella es directora, guionista y actriz mientras yo me gano el pan en una Caja de Ahorros. Añado el enlace sin más:

Si no hubiera cine español

3 comentarios para “Siempre hay alguien que lo cuenta mejor…”

  1. connectatstv Dice:

    Connectats TV abre la convocatoria Connectats short films, un espacio dedicado a la difusión del cortometraje dentro del programa semanal

    Connectats tv (que se emite en 30 canales de la XTVL. En Barcelona por Barcelona tv à Domingos 10:30).

    Nuestro objetivo es dar visibilidad a jóvenes realizadores. Por eso cada semana emitiremos un corto presentado por sus creadores.

    Requisitos

    * Esta es una convocatoria abierta para realizadores(as) de cualquier nacionalidad menores de 30 años.
    * Podrán participar con un número ilimitado de obras.

    Categorías
    - Documental

    - Animación

    - Vídeo arte

    - Vídeo creación

    - Ficción

    - Se admitirán obras producidas después de enero del 2004.

    - La duración no podrá exceder los 7 minutos.

    - Se deberán insertar subtítulos si se incluyen contenidos en algún idioma diferente del catalán o castellano para garantizar el trabajo posterior del Comité de Selección y su posible emisión.

  2. socioapatia Dice:

    Bueno, es que Icíar es juez y parte. Muy brillante el artículo, pero defiende sus lentejas. Por cierto ¿a qué autor de best-sellers se refiere?

  3. laenredadera Dice:

    Efectivamente, Icíar defiende sus lentejas, pero para mí en este caso no le quita ni un ápice de razón.

    El autor de best-sellers al que se refiere, mucho me temo que es el Sr. Pérez-Reverte. Pego a continuación un extracto de uno de sus artículos con el que no parece hacer muchos amigos dentro del cine español:

    “Recuérdenme un día de éstos que cuente con detalle cómo se hacen las películas en España, de dónde sale la pasta, y cómo es posible que películas infames, que ni llegan a estrenarse, hayan metido viruta en el bolsillo de algunos productores espabilados, de los que se hacen fotos en la toma de posesión de todos y cada uno de los titulares de Cultura, sean del Pepé o del Pesoe. Recuérdenme también que refiera algunas anécdotas sabrosas sobre las palabras beneficio industrial, sobre cómo se repartió en los últimos años la tarta de las televisiones, sobre los dos o tres listos que mataron la gallina de los huevos de oro, y sobre cómo algunos golfos apandadores, combinando la candidez de ministros y ministras que no tenían ni puta idea de cine con la complicidad amistosa o engrasada de algún crítico cantamañanas, presentaron como obras maestras bodrios infumables, haciendo desertar al público de las pantallas españolas. Recuérdenme, también, que refiera algunas bonitas historias sobre las palabras envidia y poca vergüenza en torno al rodaje de cualquier película ambiciosa de alto presupuesto que apunte a la taquilla, invariablemente torpedeada por el habitual grupillo de tiburones de la industria, con el argumento de oiga, y qué hay de lo mío. O dicho de otro modo: si la pasta de las ayudas va a una sola película importante, quién financiará las chorraditas infumables de las que yo vivo, y con las que trinco pasta antes de rodar un solo plano, con lo que luego me da igual estrenarlas o no.

    Recuérdenme también, ya puesto a hacer amigos, que les cuente algo sobre la conmovedora solidaridad de la gente del cine, directores y actores incluidos. Que les detalle por qué, mientras que en Cannes, Toronto, Venecia o Hollywood los guiris acuden en masa a arropar no sólo sus películas, sino las de otros, a hacer bulto y dar glamour a algo que es negocio para todos, a los estrenos en España sólo van los actores de la película y el director –y no siempre–, y resulta imposible un desfile de alfombra roja como los espectadores y el público esperan, de esos que tanto contribuyen a que el cine siga siendo fábrica de imaginación e ilusiones. En vez de los deslumbrantes vestidos y elegancia de mujeres bellas, hombres apuestos en smoking, caras conocidas que dan magia y prestigio a una película y a la industria en general, animando al público y la taquilla, aquí sólo van a un estreno los cuatro gatos de la peli con algún familiar y amigo; vestidos, por supuesto, como viste el cine español para sus cosas: de trapillo cutre y tejanos rotos, porque una chaqueta o una corbata son prendas fascistas. El caso es que en España nadie va a ver la película de otro, ni apoya con su presencia lo que, hoy por ti y mañana por mí, debería ser esfuerzo común y mutuo beneficio. Ni siquiera para eso se ponen de acuerdo. Para comprobarlo, fíjense en las pocas caras conocidas que acuden a cada estreno. Observen la fiesta de los Goya, o el festival de San Sebastián. Quiénes salen en las fotos y quiénes ni asoman por allí. En España, el glamour colectivo del cine murió hace tiempo. Aquí cada perro se lame su cipote, la mayor parte de actores y directores se ignora, desprecia u odia entre sí –eso, cuando no se desprecia, ignora y odia al mismo tiempo–, y lo único que importa a los productores es comprobar, el lunes siguiente a cada estreno, que su película ha ido bien y que las de los otros se han pegado un cebollazo de muerte.

    Industria, la llaman todavía. No te fastidia.”

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