Esta semana he leído en el ADN una de esa noticias que le hace plantarse a uno que el apocalipsis está muy cerca. Por menos de esto se iban en “Armaggedon” Bruce Willis y Ben Affleck de excursión suicida espacial mientras la Lyv Tyler lloraba por los rincones.
Bueno, que me voy del hilo. El asunto en sí es el previsible cierre de la mítica taberna Pepita (Corredera Baja de San Pablo, 20), en el corazón de Malasaña. ¿Que cuánto tiempo hace que no voy a la Pepita? Mmmmm… Probablemente unos 10 años. ¿Tenía intención de volver alguna vez en mi vida? Mmmmm… Seguramente no. O en todo caso, en plan excentricidad como último deseo antes de morir.
El caso es que esta noticia en lo que más me afecta (más bien en lo único), es en mis recuerdos de adolescencia. Y en la triste evidencia de que las nuevas generaciones (quiten connotaciones “populares”, por favor), no tendrán más remedio que prescindir de este peculiar local en sus salidas malasañeras. ¿Qué negocio pondrán tras la rehabilitación del edificio? Se admiten porras: ¿Un “100 Montaditos”? ¿un “Cañas y Tapas”? ¿un Doner Kebap?… Nos consuela que el local no parece el idóneo para un Bershka. Pero no nos confiemos, que así empezaron los del Madrid Rock.
Para el que no lo conozca, resumo la filosofía de la Pepita: Alitas de pollo refritas, patatas bravas y minis de calimocho. Ni el Adriá, oyes. Higiene la justa (todo el que ha estado alguna vez sabe que esto es un eufemismo) y decoración digna de tesis doctoral: Posters ochenteros y pintadas en las paredes rodeando mesas repletas en las que las sillas son cada una de su padre y de su madre. ¿recuperadas de contenedores? Pues seguramente…
Descubro con alegría que hay todo un movimiento en Internet defendiendo esta causa perdida que es salvar a la Pepita:
Desde La enredadera y con la fuerza que me da tener a todos mis lectores detrás (a Noe y al otro que creo que entró por error), me uno a esta lucha.
Salvemos la Pepita.

Escrito por laenredadera 

