Como ya he comentado en alguna ocasión, a mí me gusta mucho lo de cultivar mi imagen de rojeras cultureta. Soy capaz de defenderme perfectamente en conversaciones sobre Kusturica, mi película preferida es “Caro Diario” de Nanni Moretti y en mi Ipod campan a sus anchas Rufus Wainwright, Deneuve o Iron & Wine. Pero soy un fraude andante.
Supongo que todos tenemos algún vicio inconfesable pero es que mi lado oscuro haría parecer albino al mismísimo Darth Vader: Soy un adicto a los reality.
Todo empezó allá por abril de 2000 cuando se presentó en sociedad la primera edición de Gran Hermano en España. Fueron 4 meses en los que yo (y conmigo más de media España) no pude quitar ojo a las evoluciones caseras de Ismael, Iván, Ania, Maria José, Israel, etc. O lo que es lo mismo: Peluqueras, ex-militares, prostitutas, modelos y vividores encerrados bajo el mismo techo. ¿Telebasura? Ni por asomo. Yo siempre me adherí a la teoría del experimento sociológico de mi idolatrada Milá.
Aún se me ponen los pelos como escarpias recordando ese momento triunfal con Ismael Beiro, ya ganador, escuchando solo en la casa los acordes de “So lonely” de The Police. Historia viva de la tele patria al nivel de la muerte de Chanquete o los 12 goles a Malta.
Desde entonces, hay que reconocer que todo ha ido a peor en esto de los reality. Aún así, yo siempre les he sido fiel. Compartiendo éxitos y fracasos. Yo estaba allí cuando llegó el boom de OT, pero también sobreviví a “El bus” o al indescriptible “Estudio de actores” de Juan Ramón Lucas. Ocho ediciones más de Gran Hermano, La Granja, Oído cocina, Supermodelo, Factor X, Supervivientes, Unan1mous, Esta cocina es un infierno, Pocholo 07… Y ahora llega Fama (ya me he enganchado a los castings). A veces me doy miedo.
En fin. Ya lo he soltado. Mañana seguiré hablando de cine europeo, música independiente y locales bohemios. Aunque sé que vosotros nunca más me volveréis a mirar con los mismos ojos. Y con razón.
Publicado por laenredadera






